DÁNZATE

DÁNZATE

jueves, 4 de enero de 2007

LO HIGIÉNICO





"Lo higiénico (de «Higeia», diosa griega de la salud, llamada «Salus» por los romanos) designa los elementos básicos para el buen vivir que tienen lugar con menor participación de la consciencia, como los hábitos y automatismos. En el movimiento, son los matices y recursos posturales que están ya integrados en pautas habituales.

El concepto fundamental de lo higiénico es la similitud, aquello que tenemos en común con los otros.

Es el nivel que se desarrolla antes de que el Yo adquiera importancia en la personalidad. Es más, para que pueda desarrollarse, es preciso que el Yo no haya cobrado fuerza, porque lo higiénico exige unas condiciones de adaptabilidad y plasticidad. Este nivel supone el despliegue de las tendencias genéticas comunes a la especie y la adquisición de los aprendizajes compartidos con el grupo al que se pertenece.

El primer paso en lo higiénico es la entrada en el espacio.

El primer paso nos confronta con el hecho ineludible de que uno está siempre situado en algún punto o que se mueve en alguna dirección o con referencia a otros puntos. Esto supone situación, movimiento, perspectiva.

El movimiento en el espacio sigue líneas direccionales: vertical, horizontal, diagonal. Estas líneas acompañan a la consciencia del espacio en el sentido de que, tras la entrada en él y la consiguiente desorientación, la mente se acomoda y se sitúa mediante las líneas y las direcciones. Podríamos decir que éstas «organizan» el espacio, permitiendo la consciencia del mismo; sin ellas, el estupor inicial causado por la entrada impediría la percepción.

La Vertical es concentración, interiorización, individualización.

La Horizontal: comunicación, expansión, homogeneización.

La Diagonal: el dinamismo entre ambas.





Cuando la reacción al encuentro con el espacio es de aceptación y satisfacción, se produce un desarrollo de los sentidos. Los estímulos son la respiración, el sonido, la vista, el gusto y el tacto. Por el contrario, cuando la reacción es de no aceptación e insatisfacción, sobreviene la ansiedad.

Los sentidos proporcionan un conocimiento del espacio que, unido a la organización del mismo por las líneas direccionales, constituye el apoyo fundamental para desenvolverse en él.

El desarrollo de los sentidos sigue la regla de la piel, el músculo y el hueso -regla que constituye mi análisis de la sensibilización- y, cuando no se desarrollan de este modo, siguen la pauta de la frivolidad.

Piel-músculo-hueso representa la profundidad de la percepción sensitiva.

La construcción que hacemos de la realidad no es una imagen plana; tiene profundidad. Esto significa que, al igual que en nuestro conocimiento de las cosas está incluida su interioridad, en nuestro conocimiento de las personas está incluida su subjetividad. Cuando las percibimos sin subjetividad las reducimos a objetos.

Percibir desde la piel es ver sólo el aspecto de las cosas, saber que están ahí y lo que parecen. Percibir desde el músculo es captar la complejidad interna de las cosas y las personas, su esfuerzo por estar en el mundo. Percibir desde el hueso es percibir la esencia, el sentido de la presencia de las personas y las cosas en el mundo.

Piel se relaciona con el sentido de la vista y con la sensibilización primaria en general (piel-músculo-hueso es sólo una regla simbólica, de ahí que «piel» no coincida con el tacto, sino con la vista).

Músculo está relacionado con el gusto, olfato y tacto, es decir, aquellos sentidos que exigen contacto o proximidad física con el objeto. Por eso el músculo nos habla de compromiso e implicación. Mientras que el conocimiento de piel se nutre de datos, de estímulos que sensibilizan al organismo, pero que no lo movilizan, el conocimiento de músculo sí supone un organismo movilizado porque requiere una relación directa con el objeto.

Hueso se relaciona con el sentido del oído, con la espiritualidad y la contemplación, con la palabra. El sentido de hueso presupone el conocimiento que da el músculo e ir más allá de él. Por eso puede nutrirse de significados. Pero el hueso no es superior al músculo, ni éste a la piel. Simplemente, cada nivel es consecuencia del anterior. El conocimiento de músculo que no se ha nutrido antes del discernimiento que da la sensitividad no respetará el objeto. El conocimiento de hueso que no ha tenido la experiencia directa que da el músculo degenera en la sabiduría como espectáculo.

Cuando los sentidos se desarrollan según la regla piel-músculo-hueso, evolucionan de modo convergente. Entonces los procesos mentales inconscientes cruzan las diversas informaciones, proporcionando una percepción más compleja y unitaria del espacio. Cuando esa percepción llega a la consciencia, revelando un conocimiento que ignorábamos poseer, hablamos de intuición.

La sensibilización ahorra gran cantidad de energía psíquica, porque nos permite reaccionar funcionalmente ante los cambios evitando la rigidez de un comportamiento preestablecido. Permite captar matices que pasan inadvertidos si la atención está demasiado centrada en uno mismo. Proporciona a algunas personas algo que los demás suelen percibir como seguridad y que, cuando es auténtica, no es el resultado de estar obsesivamente pendiente de todo sino, al contrario, de la confianza en la percepción de las cosas y que ese conocimiento proporcionará la pauta correcta de acción. Permite la tan anhelada naturalidad en las situaciones más diversas. En definitiva, libera a la consciencia de mucho trabajo, lo cual la deja disponible para otro tipo de tareas.

La intuición no es algo mágico ni caprichoso. Presupone todo el desarrollo higiénico. Es el resultado natural del conocimiento del espacio mediante la sensibilización.

La intuición se expresa por medio del sentimiento.

Los sentimientos no son algo espontáneo, aunque así lo parezcan debido a que el procesamiento en que se basan es en gran parte inconsciente. Son equilibrados si responden a una percepción auténtica de la realidad, y esto ocurre cuando existe conocimiento del espacio.

El efecto del sentimiento es medirse.

Como los sentimientos -que resultan de los procesos perceptivos antes mencionados- se van desarrollando a medida que el Yo se constituye y expresan un conocimiento en profundidad de las realidades ajenas, constituyen un primer «feed-back» que pone de manifiesto los propios límites. A esto lo llamo medirse higiénico. Es un anticipo de lo que en lo psicológico nombraremos los objetivos del Yo, pero que allí estarán elaborados por ser una determinación que el Yo hace de sí mismo, una proyección futura. Medirse es algo mucho más básico, es como verse en un espejo. En el movimiento se expresa por cualquier forma de ajuste al movimiento de los otros.

Todo el desarrollo higiénico se resume y se muestra en la asimilación higiénica, que es la manifestación verbal del sentimiento. Por ella, lo sentido se hace palabra y sale al espacio, a un ámbito público. Desde el momento en que el sentimiento es expresado pasa a ser de los otros, al menos compartido, y para que esto sea posible debe tener algo en común con el mundo de sentimientos de los otros. El sentimiento que no puede ser expresado niega el espacio y queda refugiado en el magma indiferenciado que son las pulsiones y fantasías internas, mostrando que la percepción del espacio no ha sido asimilada y que, debido a ello, no se ha desarrollado la intersubjetividad.

La imposibilidad de transmitir el sentimiento en términos comprensibles, supone la tácita creencia de que los sentimientos propios no tienen nada en común con los de los otros, como si no ocurriesen en la realidad que compartimos sino en un universo autónomo incomunicado. Son sentimientos «en refugio».

Toda la dificultad que tiene el momento de la asimilación higiénica no es sino la dificultad propia del desarrollo higiénico, que se materializa en la expresión verbal. No es una dificultad específica de ese momento, sino la expresión de un desarrollo higiénico incompleto.

La asimilación higiénica es fluidez verbal, porque la palabra fluye directamente del sentimiento. Pero todo el desarrollo higiénico es fluidez. El movimiento en esta etapa tiene que llevar a una circulación de la energía por todo el cuerpo en igual intensidad, sin puntos de corte. Pero la facilidad que se puede percibir en un movimiento así es sólo aparente. La fluidez es resultado de una adecuación total entre el espacio y sus contenidos, que se expresa en el reconocimiento.

La asimilación higiénica da acceso al puente hacia lo psicológico.

Un puente es el espacio no codificado que une dos espacios codificados. La posibilidad de puente aparece en el límite de los códigos, permitiendo que conecten unos con otros; por eso el puente es lo contrario a la división: une por diferenciación. Es el espacio de la consciencia porque está liberado del compromiso con un ámbito específico.

Cuando dos personas que hablan idiomas desconocidos para ambos se encuentran, se produce un vacío de comunicación, una ausencia de códigos, pues los que emplean habitualmente han llegado al límite. Pero si tienen un desarrollo higiénico suficiente podrán ser conscientes del puente entre ambos, no confundirán diferencia con división y llegarán a ser capaces de pasar del código del uno al del otro sin que ello suponga renunciar al propio.

Lo importante es que no se puede acceder al nuevo código si se niega el espacio entre los dos. Es un momento para la consciencia y la reflexión. La inercia del sistema en el que habitamos se detiene. Somos conscientes de sus límites, de nuestros límites, de lo precario de nuestra seguridad. El que exista ese lugar, breve y delicado, hace posible la libertad, porque en él se decide el intento de cambio.

El espacio que ocupan las articulaciones en el cuerpo es mínimo, pero es ese mínimo el que «articula» las partes en un todo. La salud de las articulaciones es la flexibilidad y garantiza la libertad de movimientos. Del mismo modo, la salud y la flexibilidad mental -y, por tanto, la libertad personal- son idénticas a la posibilidad de establecer puentes entre códigos.

La dificultad propia del puente es la desorientación, que viene a ser repetición de la que produjo el encuentro con el espacio, pero ahora con un significado diferente; se produce porque se teme perder la seguridad conseguida. Se teme el cambio y el vacío que produce la inminencia del mismo (todos conocemos los consejos para el vértigo: no detenerse, no mirar hacia abajo, no pensar en la altura; es decir, no confundir el puente con un código, aceptar su naturaleza de nexo).

El desarrollo higiénico provoca naturalmente el deseo de cambio. Como el fruto maduro, que cae no por decisión, sino por su propio peso; la densidad alcanzada -o complejidad biológica- le impide seguir indiferenciado en el todo orgánico del árbol, lo aboca irrenunciablemente al proceso de individuación. Así, la mente, fortalecida en el proceso higiénico, ha cobrado densidad -o complejidad- en su interacción con el espacio y esto hace posible la «re-flexión», que es la vuelta del pensamiento sobre sí mismo.

El proceso de reflexión tiene lugar en el puente, pues el conocimiento del espacio hace posible pensar sin una referencia externa. Puede ocurrir un encuentro con el Yo con bases; pero si no hay posibilidad de reflexión -de pensamiento autónomo-, si no se puede estar fuera de un código, no se puede estar en el puente.

He encontrado cuatro procesos alternativos por los cuales se evita el puente hacia lo psicológico: ansiedad, frivolidad, hipertrofia de la sensibilidad y competitividad.

Seguir uno de estos procesos no impide que se desarrolle lo psicológico (lo cual sería ya un déficit patológico), pero es causa de que al Yo -que se desarrolla de todas formas- le falte la cualidad que permite el acceso a lo creativo. Como un árbol que no es fecundado, que puede crecer y fortalecerse, pero no dar fruto.

El puente hacia lo psicológico no es la vía exclusiva, pero es la única que, al final de lo psicológico, permite abrir otro puente que impide al Yo agotarse en sí mismo.

La ansiedad se produce justo al principio del desarrollo higiénico, cuando la reacción al encuentro con el espacio no es de aceptación y satisfacción. Aquí encontramos uno de los puntos clave que revelan la inmensa posibilidad de libertad que conlleva el desarrollo humano. No hay una causa que explique por qué algunas personas reaccionan con aceptación y otras sin ella; y, si la hay, no es accesible para nosotros. Lo que sí es accesible es el proceso que tiene lugar a continuación.

Cuando no hay aceptación, lo que significa, no lo olvidemos, no haber superado la primera impresión de desorientación, se produce la ansiedad, estado psicológico que corresponde al sentimiento del miedo. El espacio, lejos de ser percibido como un ámbito habitable, se percibe como vacío, lo cual origina el miedo. Hablamos de percepciones y experiencias que no son conscientes o sólo lo son en parte. Algunas de ellas están registradas tan profundamente que sólo las revela El Lenguaje del Movimiento. Es el cuerpo en movimiento el que muestra la experiencia del miedo al vacío.

La ansiedad impide que se lleve a cabo el proceso higiénico, que culmina en el puente hacia lo psicológico; pero el ser, impulsado por su propia inercia, continúa su marcha hacia la formación del Yo. Lo psicológico tendrá entonces que suplir todo el proceso higiénico no realizado y lo hará hipertrofiándose. El Yo se volverá hipervigilante como consecuencia del profundo temor que arrastra, excesivamente consciente de sí a causa de la desorientación original. Su proceso de evolución acabará repetidamente en callejones sin salida que le exigirán, en el mejor de los casos, suplir una y otra vez las carencias acumuladas en lo higiénico. El Yo hipertrofiado nunca logrará la ligereza que precisa el puente hacia lo creativo y, en su lucha constante consigo mismo, cada solución sólo añadirá más peso. El único remedio será completar el desarrollo higiénico desde su inicio, superando el miedo al espacio. Pero ahora será mucho más difícil porque el Yo, ya desarrollado, se resistirá a la cura de humildad que es lo higiénico; aún más difícil, porque se trata de una humildad obligada -situarse en el común denominador de lo humano-, no una humildad de la que el Yo pueda, paradójicamente, enorgullecerse considerándola un atributo más.

La segunda desviación alternativa es la frivolidad. Se produce en un momento más avanzado que la ansiedad, en la sensibilización.

Cuando se desarrollan, los sentidos van desplegando su función natural; canales de recepción de información y de estímulos que permiten que el organismo se active y se mantenga orientado, siempre con referencia al espacio real. Mas esa referencia se puede perder y lo sensorial convertirse en un fin en sí mismo, dando lugar a un acomodamiento en los sentidos. Entonces, la sensación misma deviene única información relevante. No hay conocimiento en ella porque se ha perdido la referencia al espacio del cual informa. Se siente, no para saber, sino para sentir más.

La tercera desviación se produce en el mismo punto, y es la hipertrofia de la sensibilidad. Aquí, lo sensorial no se acaba en sí mismo, mantiene su función cognoscitiva, pero la información y los estímulos que aporta no redundan en sentimientos que los resuman; no hay una elaboración interna, como si siempre se quisiese saber más.

A diferencia de la frivolidad que, debido a su carácter cerrado, suele ser estrecha cognitivamente, la hipertrofia sensorial amplía su campo sin cesar, se diversifica y extiende sin llegar a producir nada. Falto del conocimiento y de la facilitación del comportamiento que da la intuición, el organismo se ve abocado a sentir más para mantenerse orientado. Tal despliegue termina por absorber la consciencia del Yo, que sólo debe ocurrir tras el puente de lo higiénico a lo psicológico; y al puente sólo se llega por la asimilación higiénica.

Pero la hipertrofia sensorial no es una llegada a la consciencia del Yo por una vía alternativa, sino una absorción; la consciencia del Yo se retrotrae al nivel higiénico en el que no tiene sentido, pues no es real.

La cuarta desviación se produce aún más tarde y es la competitividad. Antes, el proceso de la sensibilización se ha desarrollado y ha dado lugar a la intuición. No se ha confundido el papel de la sensibilidad y ésta ha dado sus frutos. Entonces tiene lugar, inevitablemente, el medirse higiénico, la confrontación de la propia situación en el espacio con la de los otros. Pero puede ocurrir que no se acepte el resultado de dicha confrontación y aparezca una competitividad fuera de lugar. Está fuera de lugar porque competir es una función del Yo y el Yo no tiene sitio en lo higiénico. Pero no por fuera de lugar es menos común.

La competitividad, que es una variante del miedo -el miedo a ser menos-, reclama un Yo fuerte que equilibre una situación que se percibe como inferior (erróneamente, porque en lo higiénico no hay superior ni inferior, sólo hay arriba y abajo) y busca, como la ansiedad, un acceso directo a la consciencia del Yo, evitando así la asimilación higiénica y el puente hacia lo psicológico. No puede ser de otra manera, porque la asimilación higiénica requiere que haya aceptación del medirse higiénico.

Fuente: "Lenguaje del movimiento" de Aziza Llordén

No hay comentarios:

Publicar un comentario